JULIO 30, 2015.

 Vivía en la estación, o eso sentía. Esperaba un tren que había anunciado su salida, pero que nunca arribaba a la estación. Tantas veces creyó que oía su marcha, que pronto llegaría y tanta espera habría valido la pena.
 Al segundo año de ansiosa espera, comenzó a sospechar que el tren jamás había salido de origen, o, lo que era aún peor, que había dejado atrás su estación pero se había perdido en el millar de vías que lo separaban de ella. Quizá a propósito, quizá sin querer. Su ilusión se desvanecía a medida que el tiempo avanzaba. "Nunca vendrá" pensaba, "era solo otro cuento".
 Desepcionada, se sentó en el anden. Observó por un momento el cielo que le devolvía una mirada gris y hostíl. La priemer gota de lluvia cayó en su nariz, la segunda en su pulgar. Lo supo. Caminó lentamente hacia la vía del tren y volvió a sentar, en el mismo lugar donde el tren debería haber frenado dos años atrás.
 Ya sentada, cerró sus ojos; sus lágrimas estaban casi ocultas gracias a la ligera llovizna que se había apoderado del día. Pasaron horas. Se levantó, recogió sus cosas y, con paso firme, se retiró de la estación sin mirar atrás, al tiempo que el tren tomaba el lugar que ella había abandonado minutos atrás.
 El tren, por fin, llegó a la estación pero ella, ella ya no estaba ahí esperandolo.

G.M.A.