Pasé tanto tiempo de mi vida negando lo que soy, lo que cargo, lo que no; tanto tiempo tratando de entender qué es lo que está tan mal en mi, el por qué vive dentro de mi. Hasta que un día empecé a entender. Un día aguante tanto que me rompí, exploté, llegué al fondo y una vez rota lo único que me quedó hacer fue armarme, subir.
Un día entendí que tenía que parar.
Un día supe que yo podía estar mejor, y miré para adentro. Me escuché. Me entendí. Me perdoné.
Por todo lo que dejé que me hicieran, por todas las veces que me falte el respeto a mi misma, por todo lo que le hice a mi cuerpo y a mi mente con tal de no pensar, con tal de escapar de la realidad agobiante que me acompañó por años infinitos. Por las veces que no pensé antes de actuar, y por las que pensé de más y no actué. En síntesis, hice las paces conmigo. Pero lo hice tarde.
La ansiedad es una enemiga digna. Aprece justo cuando menos la necesitas porque tu inconsciente la llama, a gritos. Decís "por favor, no" y le importa tres carajos, aterriza en tu mente y no te deja en paz hasta que encuentres el por qué decidió aparecer. Y esto lo se ahora, y gracias a mi psicóloga. Cuando no lo sabía era peor: lo único que me pasaba por la cabeza era "me llegó la hora". Y tan fuerte y desagarrador era que hasta mi carta de despedida hice, en vano, porque acá estoy todavía.
Como si fuera poco, la depresión, mi compañera de toda la vida, se complota con mi nueva inquilina ansiedad y mi cabeza parece un cuento de terror. Estar sola en mi cabeza me hace mal. En general me hace mal. Trato de que no, porque realmente quiero estar bien. Pero últimamente me rompo más de lo que sano, me duele el alma de tantas ausencias, me duele la psiquis de tanto incendiarme.
Y lloro. Lloro mucho. Estoy rota, siempre lo estuve. Y tengo que sanar, pero no puedo. Cada vez es más difícil. Y es algo que no puedo compartir con nadie, con casi nadie, porque el "Se te ve mucho mejor" duele. Duele porque dentro mio se que estoy fingiendo. Porque no quiero ver a nadie que la pase mal por mi, no quiero ver a mi mamá llorar de nuevo, no quiero que mis amigos se vuelvan a preocupar, no quiero. Y si lo comparto, me quiebro, porque estoy cansada de fingir que todo está bien; tengo el alma cansada de intentar.