Vuelve esa sensación de no saber ni por qué escribo, pero de todas formas, acá estoy una vez más.
Nunca sentiste ese nudo, esa impotencia cuando conoces a alguien que te tiene en un limbo entre preguntas de las que no querés escuchar las respuestas? O si, querés, pero te da miedo. Miedo a que te digan algo que no querés escuchar. A que te lastimen, de nuevo, y que tengas que volver a salir a la cancha, con más huevo que ganas, más roto que entero. Y ahí es cuando te volvés a preguntar: ¿Por qué somos tan adictos a fallar, al dolor? A esa gente que te abraza por un rato y después se va, como si nada, como si vos fueses nada. Y si soy nada?